jueves, 27 de febrero de 2020

Bombas y muerte

Bombas suenan a mi alrededor, gritos de personas a lamentos que se oyen.
Pero no me importa nada, tengo desgarrado el corazón, el alma rota por tu muerte.
Es una agonía la que siento al recordar como tu vida se iba entre mis brazos y me mirabas con súplica sin entender lo que había sucedido. Grité pidiendo auxilio, mientras te apretaba junto a mi pecho. Lloraba acunándote, desconsolaba cuando la vida se fue de tu cuerpo.
Cuando quisieron arrancarte de mis brazos, grité como una loca, no podían apartarme de ti. Luché por soltarme de aquellos brazos y caí desmayada.
He despertado en la cama creyendo que todo era un sueño pero al tocar buscándote, no te encontré y como un puñetazo en mi rostro comprendí la cruel realidad. 
Desde mis gemidos te llamé porque no quería creer que fuera cierto. Silencio fue la respuesta.
La familia se reunió conmigo y como una zombi me llevaron junto el ataúd que guardaba tu cuerpo. Caí sobre esa caja, me abracé a ella para no soltarme jamás, tú estabas ahí cuando unas horas antes caminábamos juntos ajenos a lo que nos esperaba.
Siento tanto dolor que sólo deseo morirme y estar a tu lado. Odio a este país, a esta guerra, a esos hombres que te mataron y todo por qué, por confundirte con alguien a quién buscaban.
Dios maldiga a cada uno de ellos, que sufran como yo lo hago, que sientan la perdida de un ser amado.
Quiero morirme, quiero irme contigo, no puedo borrar de mi mente tu mirada, como en segundos cambió de la incomprensión al terror, como se deslizó aquella lágrima por tu rostro ante  tal cruel separación.
Me ahogo en mis lágrimas, en la soledad sin ti, no puedo imaginarme seguir viviendo sin que tú estés. Dios mío, inconcebible lo que ha sucedido, como has podido dejar que ocurra.
Solo deseo morir abrazada a ti.


Autora: Olga González Sobrín

Esa vejiga acosadora

Muchas veces pienso en aquella primera etapa de mi vida donde yo no controlaba cuando orinaba, todo me lo hacía encima. Mi madre me enseñaba a que lo hiciera en un pequeño orinal para dejar atrás el pañal. Tras muchos intentos por fin lo conseguí.
Pero ese control no fue total hasta que fui un mocito, me despertaba en las mañanas con las sábanas mojadas. Corría avergonzado a esconderlas y me encerraba en el baño a llorar. A mis hermanos no le sucedía y se burlaban de mí. Ante este hecho, mi mamá me llevó al médico y descubrimos que no sólo a mí me sucedía. Había más casos.
Aquí comenzó otra batalla. Noche tras noche, mi madre actuaba como despertador y me levantaba para ir al baño. Después de un tiempo dejé de mojar la cama. Pasó la adolescencia, me hice adulto y aquellos episodios quedaron atrás.
Y aquí estoy en mi última etapa de la vida, los años no se perdonan y parece que vuelvo a aquella niñez. Mi cuerpo envejecido reclama su ración de pastillas para que funcione bien, pero a su vez me traen por el camino de la amargura.
No comprendo cómo un hombre puede orinar tanto. Cuando veo dibujos animados en la tele donde el personaje se retuerce por sus ganas de orinar, ya no me río como antes porque yo sé lo que es eso.
Tiemblo cuando salgo a la calle porque mi vejiga no se aguanta y he de buscar rápido una cafetería, o si me pilla en una caminata buscar un rincón donde meterme. Cuando viajo en un autocar sin aseo tengo que rogarle al conductor que me deje bajar, para ir al baño en una estación donde la parada sólo es para que bajen y suban los viajeros.
En la noche me levanto cada dos horas, si no coincide antes, para ir al rincón más visitado de la casa. Y allí estoy, dando rienda suelta al manantial.
Tiemblo al pensar que algún día de nuevo tenga que usar pañal. Interiormente me siento atemorizado de que ello suceda y no sé si llorar. Me doy cuenta que cada cuerpo envejece de una manera, y envidio a aquellos que con edad avanzada corren libres sin ataduras. Yo ruego que mis últimos días no sean como los terrores que me persiguen.


Autora: Olga González Sobrín

miércoles, 26 de febrero de 2020

Bichos raros

A veces, la gente nos mira como si fuésemos bichos raros porque nos besamos en la boca, sin importar el lugar o quién esté presente. Son besos que salen de nuestro corazón. No entienden que la edad no importa. Da igual tener quince, veinte, treinta o cuarenta años, porque los sentimientos son los mismos.
Quien diga que el tiempo enfría el amor se equivoca. Nosotros somos ejemplo de ello, por eso, los incrédulos nos ven como bichos aros. Desde que nos conocimos, siempre hemos mantenido esa llama encendida.
Siempre nos hemos respetado, dialogando y tomando juntos las decisiones. Hemos buscado la felicidad del otro. Cuidamos los detalles por minúsculos que sean para mantener esa semilla y obtener el amor maduro que hoy tenemos.
Hemos creado un rincón para nosotros donde cultivamos toda la esencia del amor.  Han pasado los años pero seguimos amándonos con la misma pasión. 
¿Por qué tenemos que ocultarnos? No hacemos nada malo. Algunos matrimonios se rompen porque se les acaba esa chispa. Yo doy gracias a Dios por habernos unido y siempre le pido un día más a su lado. Y el día que me vaya, llevaré conmigo el amor que he recibido y me iré en paz esperando su llegada.


Autora: Olga González Sobrín

martes, 25 de febrero de 2020

Sueño de novia

Desde pequeña veía a papá y mamá tan felices y enamorados que sólo deseaba crecer para casarme. Jugaba con las muñecas creando mundos de fantasías, donde yo era protagonista, unas veces era princesa, otras una sirvienta, pero en todas encontraba a mi príncipe azul.
Mis padres me llevaban a las bodas de nuestros familiares, todo me parecía un cuento de hadas. La primera vez que vi la iglesia tan llena de flores, mis ojos se abrieron como platos, no salía de mi asombro ante tal visión. Y qué decir de la salida de los novios, cuando todo el mundo les lanzaba arroz, me llenaron las manitas de aquellos granos y corrí a lanzárselos riendo toda feliz.
Aquellos recuerdos me acompañaron en la niñez, ¡qué bellos eran! En la adolescencia mis amigas se echaron novio, se veían a escondidas y cuando lo hacían públicamente, se portaban formalmente pero en la soledad se robaban muchos besos.
Las veía tan felices que, a veces, tenía un gusanillo llamado celos que me rondaba. No es que yo no tuviera ocasión de salir con chicos pero no los encontraba atrayentes, en mi mente seguía soñando con mi príncipe de la niñez.
Y así han pasado los años, esperando un sueño, vestida con mi vestido de novia y el traje del novio colgado. Me siento a pensar que es lo que ha ocurrido, si es que soy tan fea o soy un ogro. Me miro al espejo, veo una joven bien parecida, llena de sueños, no veo nada extraño.
Aquí sentada, mirando atrás, creo que me he equivocado, que he tenido la oportunidad de tener a alguien a mi lado, que muy bien me merecía, pero cegada por una fantasía lo dejé marchar.
Ahora, más realista, he decidido cambiar, tirando ese muro que levanté para romper ese espejismo que me había creado. Y con humildad iré a pedir perdón al hombre que me declaró su amor, aquel que me daba el mundo y yo cruelmente lo rechacé. Y si él decide perdonarme, quizá me vea con mi vestido de novia en el altar al lado del hombre que amo, con el sueño cumplido de aquella niña en aquella primera celebración.


Autora: Olga González Sobrín

Abuelita

Abuelita, te quiero tanto como de aquí al cielo. Me gusta que me achuches y me llenes de besos. Cuando me acurruco en tus piernas y me abrazo a ti, hueles a galletas, a ésas que siempre haces para mí.
Cierro los ojos y ahí te veo abriendo los brazos para cogerme, con una sonrisa que ilumina tu rostro lleno de arrugas, sin embargo, cuando mis manos agarran tu cara siento tu calor y el amor que me profesas.
Siempre tienes montones de historias para mí que me encantan escuchar, me narras tu vida de pequeña y me asombro como luchabas ante la dureza de tus vivencias. Si yo fuera tú sería incapaz de hacer nada.
Me cuentas de tu vida, de la niñez, de cuando el abuelito te conoció, la guerra que os unió. Soy pequeña pero comprendo tu historia.
Abuelita, te admiro, quiero ser como tú. Eres mi heroína.
Te quiero tanto abuela, como a papá y mamá, soy tan feliz a tu lado, me haces sentir una princesita, sabes lo que quiero sin yo pedirlo, me cuidas y proteges, eres como mi ángel guardián. No sé como decirte lo que siento dentro de mí cuando estoy contigo, sólo puedo abrazarme a ti y no soltarme. Soy tan pequeña en un mundo de mayores, que me siento perdida. Voy y vengo del cole, juego con los amiguitos, pero solo hay un rincón donde me siento en paz y ése es a tu lado.
Abuelita, nunca me abandones.


Autora: Olga González Sobrín

domingo, 23 de febrero de 2020

Sola en el rincón

Sola, pensativa, silenciosa se encontraba en un rincón una bella dama. Su rostro era un poema de belleza, que cubría queriendo ocultar sus facciones.
Su mirada perdida en la lejanía, sentada allí, esperando no se sabe qué, casi inmóvil, su pecho se agitaba en suspiros que iban y venían, sus manos apoyadas en sus piernas.
Permanecía quieta, perdida en sus pensamientos, no levantaba la vista, se mantenía ajena a todo lo que le rodeaba.
La observaba, admiraba su belleza, pero me mantenía en mi sitio, no tenía el coraje de acercarme a ella.
Mi corazón latía, quería hablarle, quería traerla a la vida, no podía verla así, abstraída en un mundo ajeno a la realidad.
Deseaba acariciarle la mejilla, levantarle el mentón y decirle como tan hermosa no sonreía y se ocultaba tras ese velo.
Preguntarle que canalla le hizo daño o que la estaba perturbando, que mi corazón había conquistado y solo deseaba verla sonreír.
Ante mi sorpresa, ella se levantó, con su mirada hacia el suelo pasando junto a mí, dejando una aromática fragancia.
Y...tonto de mí, se fue y no me atreví, no le dije nada, mi corazón era de ella, pues, me lo había robado.
Mi corazón se rompió al ver que no la encontraba, la había perdido pero nunca me rendiré, te buscaré y haré que vuelvas a sonreír, porque te has convertido en mi razón de vivir.


Autora: Olga González Sobrín

sábado, 22 de febrero de 2020

Sentados en la mesa

Sentados en la mesa, acompañados de las velas y un buen vino, la pareja se sujetaba las manos, acariciándoselas, con ternura y amor. Sus miradas fijas en ellos, iluminadas por las velas dando brillo especial a sus ojos.
Cogía su mano y la acercaba a su boca, dejando besos por su palma, su muñeca, a ella se le erizaba la piel y su corazón latía por ese hombre que la tenía enamorada. Se levanto de su asiento y se acercó a él, se sentó sobre sus piernas y se abrazó a su cuello, y mirándolo con ternura y pasión, le besó en los labios, llegando hasta su corazón, él la abrazo y le devolvió su beso, la cogió en brazos, mientras, ella inclinó su cabeza sobre su hombro depositando besos en su cuello, y con ella en brazos se dirigió a su nido de amor, dejando atrás una cena romántica para dar suelta a su pasión. Y pasaron la noche amándose, susurrándose palabras que salían de su alma, sus cuerpos desnudos yacían abrazados al amanecer, otro nuevo día para ellos, otro día más de fiel amor, y así, por siempre, juntos, los dos.


Autora: Olga González Sobrín

En el salón

Él se acercó a ella y la tomó de su mano.  La llevó al salón. Mientras la música sonaba, sus manos se entrelazaron y sus cuerpos se rozaron. La apretó hacia sí y empezaron a bailar. Sus corazones agitados a la vez que su respiración, su piel erizada. 
Las miradas fijadas en ellos, sus ojos no perdían la conexión. Se deslizaron por la pista, marcando pasión en cada movimiento, sensualidad en cada giro, amor en cada paso. El mundo se paró a su alrededor. El público admirando y deseando ser ellos para poder sentir lo que tenían. Mientras ellos bailaban. Sus ojos llenos de amor, al igual que sus corazones. Y bailando, se olvidaron de todo lo que les rodeaba.


Autora: Olga González Sobrín

jueves, 20 de febrero de 2020

Mi pequeño guerrero

¡Hola mi pequeño guerrero!
Nunca imaginaste en el vientre de tu madre, donde ibas a nacer. Allí te sentías protegido, ajeno a gritos, lamentos, explosiones, a todo lo que se cocinaba ahí fuera.
En el desgarro de dolor y lamentos llegaste al mundo, con tus bellos ojos inocentes miraste a tu madre por primera vez, ella te acariciaba tu pequeña carita sonriendo y triste por tu futuro.
Tu madre te alimentaba, te acunaba, aunque tú notabas sus sobresaltos ante los disparos que se oían. Te escondía de los hombres que entraban en los hogares llevándose personas, grandes y pequeños, ella sabía que unos no volverían jamás y otros perecerían como guerrilleros.
Creciste entre las piernas de tu madre, jugando feliz, a salvo de ese mundo hasta que aquella tarde echaron la puerta abajo y no pudiste esconderte. Ante los alaridos de tu madre te arrastraron a la calle y te llevaron con ellos.
Y hoy te veo, mi pequeño guerrero, tu alma de niño y tu aspecto de hombre.
Esas alas de pequeño ángel son las que tu madre desea que te protejan, que te hagan volver con ella pero el rifle al que te han atado, han hecho de ti un esclavo en una guerra a la que no perteneces.
Te mantienes a la espera de unas órdenes que has de acatar, sin saber que el destino pueda hacer que sea el último. Y en tu mente, solo piensas en jugar, en abrazar a tu madre, en volver al calor de tu cama en tu hogar.
Y aquí estoy, te veo, y me uno a los rezos de tu madre para que puedas regresar sano y salvo junto a ella. Deseando que esas alas te traigan de vuelta, al niño pequeño no al guerrero.
Vuelve pronto.


Autora: Olga González Sobrín

Déjame ser tu letra

Déjame ser la letra en la canción de tu vida, déjame ser también la música que la acompaña.
Me transformaré en los más hermosos versos que jamás oirás en otra mujer, pues yo soy la partitura que sale de tu corazón.
Mi sentir va unido al tuyo en un bello compás, donde nuestras almas bailan en un salón dorado.
Soy tu musa llegada a ti por el destino, para formar una sola voz, para disfrutar juntos de la vida, porque así los dioses decidieron convertirnos en un Mozart del amor.
Tus caricias, tus besos escriben en mi piel una melodía con clave de sol, escalando en las notas hasta llegar a su explosión.
Soy tu musa, tu inspiración, soy la música de tu corazón.


Autora: Olga González Sobrín